Relatos de mi madre: La costura

Mi infancia y la costura allá por los sesenta

Mi abuela y mi madre estaban siempre cosiendo. Una hacía las prendas más difíciles y nuevas y la otra, mi abuela, se encargaba de zurcir y “pulpear” llamaba ella, a parchear sábanas viejas. Nunca les faltaba el trabajo porque éramos siete y mientras fuimos niños todo era hecho en casa. En muchas ocasiones la tarea consistía en dar la vuelta a un traje o abrigo de mi padre para fabricar otro a uno de mis hermanos. Así no había que hacer ningún gasto, solo horas y más horas de faena callada.Máquina de coser antigua

Yo andaba siempre alrededor de ellas y recuerdo que me daban un alfiler y un trozo de tela para que cosiera. Más tarde me encargaban el sobrehilado de las prendas, no lo hacían las máquinas de entonces, y también me tocaba el descosido de las prendas que se iban a desbaratar.

La maestra de mis primeros años además de leer escribir y cálculo también dejaba por la tarde un tiempo para bordado. Me fue bien por lo general y conservo unos tapa vasos bordados en amarillo muy presentables para tan temprana edad. Con sus puntas de festón y sus hojas flores y bodoques.

Más tarde vino el bordado de una bolsa de costura para ajustar a la cintura. Cuando la vi dibujado el bordado ya en la tela me pareció difícil. Eran unos dibujos geométricos parecidos al bordado lagarterano y me asusté. Los comienzos a pesar de ello fueron fáciles. De vez en cuando nos llamaba para revisar la tarea y aunque la mayoría del bordado pasó la prueba de su mirada inquisidora ¡ay!, había uno que tenía que desbaratar. Y ahí empezó él llanto con las tijeras había cortado la tela!! No quiero acordarme del enorme disgusto. Pensé que no tendría arreglo. La maestra me dijo que lo llevara a casa para que lo arreglara mi madre. Menos mal que no se enfadó. Lo cosió con mucho cuidado y con el bordado encima desapareció el percance. ¡No se notaba nada! Milagros de mi madre y la costura.

Cuando mi prima Marujita estaba preparando su ajuar para casarse con Pelagio, mi tía Asunción su madre, le hizo una propuesta a mi madre: ella pagaba mi clase de bordado y yo bordaba sábanas para su hija. La propuesta fue aceptada de inmediato. Mi madre orgullosa por haber aprendido el corte y confección pero no a bordar aceptó de inmediato y a mi ni se me preguntó cómo es natural.

Durante todo el verano a las cuatro de la tarde, sin encontrarme con nadie, el sol caía a «plomo», estaba yo llamando a la puerta de Gabriela. Nos sentábamos con los bastidores tres o cuatro jóvenes más al lado, rodeando la ventana. Entre ellas la hija de Adolfo y Marcela que bordaba su ajuar, era la mayor y más charlatana. Tenía muchas historias para contar. Y ciertamente lo pasábamos bien.

Antoñita, la hija de Gabriela que era en realidad la maestra de bordado era una mujer soltera, algo tímida y muy delicada a la hora de valorar y enjuiciar nuestras tareas. Nunca tuve un problema. Pienso que no quería desmotivarnos lo cual era de agradecer. Viendo cómo lo hacía ella, se aprendía. Y ella no paraba nunca. Solo los ratos de lavarse las manos, cuando acudíamos todas a una palangana con agua y jabón que estaba en el patio, porque con el calor sudaban mucho y no se deslizaba bien la aguja. Entonces no era por el coronavirus, y también se paraba el ratito de la merienda. Verla planchar el bordado al acabar me dejaba absorta. También planchaba como los ángeles

No recuerdo cuantas sábanas bordé en aquella casa pero fueron unas tardes de verano muy aprovechadas y gratificantes.

A la vuelta hacia las siete el pueblo había cobrado vida …, los bares de la farola estaban a rebosar. Yo procuraba irme por la carpintería del pariente Manolo y la calle Tetuán que no tenía ningún bar. Era muy tímida. A veces me atrevía y pasaba por la carretera delante de mi padre que estaba sentado en la puerta del casino después de su siesta. El pueblo en verano se despertaba y respiraba por la tarde cuando el sol empezaba a declinar por la Peña del Atajo.