Mis primeros pasos con los pinceles

Siempre me gustó dibujar. Lo hacía con facilidad. Y me entretenía en las largas tardes de domingo que me quedaba en casa, después de haber puesto alguna excusa a mis amigas, para no salir. Eran ratitos muy agradables copiando y agrandado dibujos de los tebeos femeninos en un bloc.

Cuando llegaba algún amigo de mis hermanos, alababan mi tarea y me sentía bien, aunque no lo hacía para eso. Sencillamente me gustaban todos los trabajos manuales con algo de creatividad.

Terapia ocupacional para una joven como yo, siempre dada a la depresión y a la melancolía.

Unos días antes de los exámenes mis compañeras de estudio me daban sus inacabados blocs de dibujos para que los terminara. Sabían que era un favor que me podían pedir. También dibujaba mis estampitas religiosas con pensamientos, en papel doble de cebolla con tinta china. Eran muy apreciadas por mis amigas y alguna me la llegaron a cambiar por tres de fotografías con pensamientos filosóficos religiosos y místicos que yo apreciaba mucho.

Todavía las tengo entre el Kempis de la meditación, y en El Camino de monseñor Escrivá de Balaguer el creador del Opus Dei. También en un misal francés con tapas de piel, que me regaló mi padre espiritual, al que a su vez se lo había regalado la superiora de mi colegio, que era francesa.

Pero a lo que voy. Tardé mucho en coger un pincel. Y había llegado un pintor cerca de casa, pero no se me ocurrió ir a visitarlo.

Mi hermana me habló de un amigo suyo, novio de una de las hermanas Paredes, que pintaba. Y pensé que a él sí que me atrevería a preguntarle por los materiales que necesitaría.

Y pasó en un verano. El verano que vi el mar, por primera vez, en Torrox.
En mi casa habíamos acabado una obra de esas largas que me deprimían profundamente. Pero aquellas vacaciones con mis amigas y el cambio de ambiente me animaron, me hicieron renacer. Al volver de vacaciones y antes que empezara el curso, intuí que si pintaba el mar podría sentir otra vez ese bienestar profundo que había sentido en la playa y, dicho y hecho, me hacían falta unos pinceles.

Fui rápido al amigo de mi hermana, que me dió las primeras nociones de óleos y pinceles.

Me había traído una postal del mar al atardecer. 🌅 Se merecía que me pusiera manos a la obra. No compré lienzo. Lo hice sobre un cartón más bien blando que chupaba mucha pintura. El siguiente ya sabía que tendría que darle una capa de aceite.

Quedé satisfecha y disfruté a la vez que sufrí y aprendí, sí que aprendí, por ensayo y error, con aquel cuadro. Disfruté con los colores del óleo, sus mezclas inauditas, cómo se fundían y daban tantos matices insospechados para mi hasta ahora.

A mis padres les gustó mucho y le pusieron enseguida un marco para colgarlo en el comedor. Mi padre estaba muy orgulloso y me compró un libro de pintura del instituto Parramón.

El tema de la siguiente pintura no fue ya el mar. Pinte un retrato a mi hermana. Y seguí aprendiendo sobre las virtudes de la pintura al óleo. Cuando lo llevamos a colocarle el marco, me hizo mucha ilusión que la reconocieran. Después pinté el mío para hacer juego con el de mi hermana.

Tengo que reconocer que ya pensaba en decorar la casa. Los dos fueron colocados en el salón a ambos lados del primero.

El siguiente pensé que podría ser una vista de mi pueblo, Peñarroya, desde la Cruz de los caídos. Encontré en la carpintería de mi primo Manolo un cartón piedra que podría irle bien. Empecé por la línea del horizonte con el Peñón y su cruz en el centro. Seguí por la iglesia de El Salvador y alrededores. Lo cogí con ilusión y como siempre que pintaba me abstraía, me aislaba en el doblado y no quería bajar ni a comer cuando mi madre desesperada me llamaba.

Pero hubo un momento en que me bloqueé y lo dejé sin terminar. No sé si mi padre se dió cuenta, pero una mañana un amigo suyo, que le gustaba mucho pasear por el campo, entró a verlo creo que aconsejado por él y me animó muchísimo. Un poco de ánimo siempre viene bien cuando te fías de la persona que te lo da.

Me puse a la tarea y lo acabé. Estaba algo oscuro en general. Como si fuera invierno y acabara de llover. Cuando lo vió el vecino pintor me aconsejó pintarlo al natural para captar mejor la luz. Tenía razón, pero no lo hice. Y así quedó colocado en el sitio principal del comedor.

Más tarde cuando me casé decoramos la casa con mis nuevas pinturas, atardecer en Venecia, cuadros de flores, calles de pueblos pintorescos y pequeños bodegones con pañitos de crochet, bodegones oscuros al estilo antiguo, con marcos negros y dorados.
Algunos de estos cuadros los pintamos ya a la vez entre Manolo y yo. Como el de Los niños jugando en la playa, el retrato de Maribel en su séptimo cumpleaños…

Hubo una época que pinté piedras, cantos rodados de todas las playas que visitábamos. Cádiz y Tarragona principalmente. La idea de pintar piedras me la dió una piedra con un bisonte, recuerdo de la cueva de Altamira, que le vi a mi hermana.

Disfruté con mi pequeña colección de piedras. Paisajes, figuras, escenas de pelis, animales… todo cabe en una piedra.

Más tarde vendría otra ilusión con el barro, la arcilla… la escultura, que me haría disfrutar mucho también.

Un comentario sobre “Mis primeros pasos con los pinceles

  • Me entusiasma esta prosa ágil, fresca y entrañable, hermosa, sin pretensiones.

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