El camino a la escuela con Pomo

Pomo fue mi primer amigo. Era mayor que yo 14 meses, lo que le daba una autoridad suficiente sobre mí, además era un niño muy formal.

– Angelita, no dices más que tonterías, me contestaba cuando yo, con mi lengua de trapo de un año y meses le llamaba Pomo en lugar de Pedro Antonio. Pero se quedó con Pomo, al menos para mi familia y para mi infancia.

Estábamos siempre juntos, niños vecinos de la misma calle de Peñarroya. Juntos sentados en el umbral de la puerta de la casa, por la mañana en la suya, por la tarde en la mía según fuera el sol o la sombra, con nuestro trozo de pan y chocolate o morcilla, de merienda y mucho hablar los dos, aunque fueran tonterías. Siempre hablando con mucha libertad y seriedad, así es mi recuerdo.

Él fue quien me acompañó cada día a la escuela de los párvulos en mi primer año. Yo me sentía muy segura y contenta en esos caminos. Nunca vinieron nuestras madres a acompañarnos, eran otros tiempos y era un pueblo.

Creo que los dos en aquel tiempo lo pasábamos genial juntos, nunca recuerdo haber oído a nuestras madres, amigas y vecinas toda la vida, decir que nos enfadábamos o que lloráramos por algo. Luego, andando el tiempo nacieron otros niños y pasamos a ser una pandilla grande y bien avenida, en la calle Calatrava.

Recuerdo un día en el que, a la mitad del camino de nuestra casa a la escuela de párvulos de Doña Amalia, a mí me entraron unas ganas tremendas de hacer caca, y se lo repetí con impaciencia a Pomo.

-Pomo, Pomo, que no puedo más, que no puedo más y no me da tiempo de llegar a la escuela. ¿Qué hago?

Pomo, tan hombrecito, tan formalito como fue siempre, muy en su papel me dijo:

-Andamos un poquito más hasta llegar al solar de mi tito Benito, y allí ya nadie nos puede reñir por pararnos a que hagas caca.

Llevaba toda la razón, entramos por unas maderas viejas atadas con cuerdas, muy fácilmente y yo me puse a ello con toda velocidad.

Debía ser primavera porque en mis recuerdos está el roce de las hierbas verdes en mis piernas desnuditas sin leotardos.

Él se fue por allí como buscando algo, miraba mucho por el suelo.

Ya estaba relajada, pero….

-Pomo, ¿con qué me limpio? Si me mancho el pañuelo no lo podré llevar a la escuela, que hago. ¡Y no lo puedo perder que mi abuela me riñe!

-Angelita, no te preocupes, que he estado buscando las mejores para limpiarte, porque no valen todas. Eso es lo que hacen los hombres en el campo.

No me esperaba esa respuesta, para nada. Me dejó perpleja, pero si Pomo decía que era así, pues así sería. De modo que me limpié con 2 piedras (parece que las estoy viendo) y después con mi pañuelito. Que, ahí si tuve yo la idea de dejarlo guardadito debajo de otra piedra, para recogerlo a la vuelta de la escuela y llevarlo sucio a casa.

Llegamos los dos a la escuela tan contentos y tan campantes, al menos yo, porque había aprendido cosas que hacen los hombres en el campo y me sentía muy mayor por eso.

Ahora, cuando hace unos días se acabó el papel higiénico en todo el mundo occidental, parece que ha sido así, la primera imagen que me vino a la cabeza fue este episodio de mi primera infancia. Y me reí mucho por ello.

Tan contenta como estaba yo de haber aprendido algo que me hacía mayor, y ahora resulta que todos nos volvíamos como niños pequeños ante la falta de este recurso.

Nada tenía que ver el papel higiénico de mi infancia con el de ahora, y nada tiene que ver el camino de los niños desde sus casas a la escuela, ni siquiera en los pueblos.

Se lo hubiera comentado a él, y hubiéramos hecho unas risas, pero Pomo murió demasiado pronto en su casa de la calle Calatrava.

Angeles Heras. Madrid 29 Abril de 2020

4 comentarios sobre “El camino a la escuela con Pomo

  • Una delicia estos relatos, por su frescura y naturalidad. Gracias

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  • Muy simpático! Tan descriptivo que me ha hecho estar el campo con las hierbas alrededor…
    Gran niño hombre, Pomo❤️

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  • Una vez más, me descubro ante la naturalidad describiendo el episodio de la necesidad perentoria de como tú dices hacer caca, el sistema campestre de limpieza, las piedras que quedaron en tu recuerdo y algo que me ha encantado el final del relato con la muerte de Pomo en su casa de la calle Calatrava. La nostalgia del pasado.

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