Parece que todas soñamos

Mi marido, Saverio, tiene muchas admiradoras. Él se siente feliz así y las cuida, creo yo, bastante. A mí nunca me importó, ni al principio de nuestra relación, ni ahora, con muchos trienios de amor del bueno entre nosotros. Le hago muchas bromitas al respecto, y él me las hace a mí con su socarronería y acabamos con risas.

En estos dos meses y medio de confinamiento y pandemia que nos ha tocado vivir, hemos conectado virtualmente con muchos amigos, él con los suyos, yo con los míos, y con los comunes, que son la mayoría, nos poníamos de acuerdo a ver a quién escribía cada uno, para no repetir.

Me coincidió este confinamiento con un momento vital en el que lo único importante para mi mente era descansar: descansar, reír, amar y disfrutar de las cosas buenas de la vida, para retomar después otra nueva actividad con la creatividad y la imaginación a tope y las pilas muy bien cargadas.

Esta circunstancia ha sido muy diferente a la de otras personas, sin duda alguna. Pero si ampliamos el foco, de acuerdo con el Big Data y la Inteligencia Artificial, el mismo tramo generacional, origen, clase social y cultural, lo ha vivido desde que empezó de forma muy parecida en todo el llamado mundo occidental.

Nunca estuve tanto tiempo en mi casa, nunca la limpié yo misma tan a fondo, nunca hice tanto punto de cruz creativo, nunca dormí tantas horas de tantos días seguidos y nunca convivimos sin separarnos no más de un cuarto de hora Saverio y yo.

De tal forma que podríamos llamarle a esta etapa la del “Yo antes nunca”, como decía una amiga mía en Córdoba cuando recién habíamos pasado los 45 años, y sentíamos en nuestro cuerpo las primeras señales de la edad madura.

Pues bien, en esta etapa del “Nosotros antes nunca”, hemos aplaudido, hemos evolucionado, hemos llorado, hemos reído y hemos compartido: ¡hemos vivido!

Hemos ido moldeando la realidad en la medida de nuestras posibilidades, unas veces de forma dura y brusca y otras tratando de sacar lo mejor de la vida en cada minuto, para acabar con una sonrisa de esperanza.

Pero, ¿y los sueños? ¿Qué ha pasado con los sueños?

Saverio siempre me ha dicho que tengo mucha suerte porque sueño mucho, los recuerdo al levantarme y se los cuento entre risitas mañaneras. Es verdad, suelo soñar, además, cosas divertidas o al menos a mí me lo parecen.

Sin embargo ahora, desde que un día me levanté alegre y feliz, con la sensación de estar lista para comenzar otra nueva etapa vital, los sueños, sí los sueños, cada noche eran tétricos, escondían secretos, crímenes cercanos o malos rollos de los que yo era víctima. Me despertaba en medio de la noche con la agradable sorpresa de abrir los ojos a la realidad, a la dulce luz que entraba por la ventana y al calor tibio de Saverio dormido a mi lado.

Así una noche sí y otra también, los sueños no eran reiterativos, pero sí todos de la misma índole, siempre había secretos del pasado, que yo desconocía y que eran malos, de tal forma que ya los últimos días cuando me despertaba, no me preocupaba, me decía a mí misma:

-Ea, si es del pasado y en sueños, ¡qué más da!

Y me daba media vuelta y me decía:

-¿A qué vendrán estos sueños?

Por la mañana, no recordaba con exactitud nada concreto y por lo tanto no nos reíamos Saverio y yo de mis sueños.

Esta mañana, en el desayuno Saverio, me cuenta que una de sus admiradoras, le ha escrito y le anuncia que está escribiendo su autobiografía, que se la pasará y que además tiene una sorpresa: un crimen oculto.

Mis ojos se abrieron al oírlo:

-Pero ¿qué te pasa?, me preguntó Saverio.

-¿Que qué me pasa? Pues que me sorprende que tu amiga, te cuente crímenes ocultos del pasado.

-Llevo soñando con cosas parecidas hace ya unas semanas, no me acuerdo exactamente al levantarme y por eso no te he dicho nada.

Es raro sí, pensé yo que andaba dándole vueltas al tema de los sueños malos y tenía pendiente una llamada a mi hermano Alberto para hablarlo.

Al leer el periódico, cuál no sería nuestra sorpresa al ver un artículo sobre mujeres, sueños y efectos del confinamiento. Parece que entre ellos están la falta de sueño y pesadillas raras y desagradables, como efectos más leves.

Efectivamente, el big data y la inteligencia artificial nos adivina que las mujeres sufrimos más las consecuencias. ¡Menos mal que todavía no nos descubre los sueños!

Lo que no sé si se le escapará al big data, es que todo lo malo y feo de los sueños, al menos de los míos, son en pasado y cuando una se despierta, ya es presente y ve la realidad, la vida, y sale a corriendo a vivirla, aunque sea con mascarilla y abrazando solo con los ojos.

Madrid 27 de mayo de 2020
Angeles Heras Caballero.

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